PEQUEÑAS COSAS
Lo único que me importa, Dios, es la poesía.
Max Aub
Canta un zorzal en la ventana del sueño. Despiertas. Pestañea el alba sobre las montañas azuladas. Te levantas de un brinco, según viejo hábito de medio siglo. Calzas primero el pie izquierdo (en tu caso, se trata de algo positivo). Orinas, largo […]
PEQUEÑAS COSAS
Lo único que me importa, Dios, es la poesía.
Max Aub
Canta un zorzal en la ventana del sueño. Despiertas. Pestañea el alba sobre las montañas azuladas. Te levantas de un brinco, según viejo hábito de medio siglo. Calzas primero el pie izquierdo (en tu caso, se trata de algo positivo). Orinas, largo y placentero, mientras agradeces estar vivo. Entras en
Una ducha grata. Te vistes en el living con ropa veraniega. Nunca has padecido del prurito de vestir bien. Tu hermano Antonio dice que hay individuos que se visten y otros que se ponen ropa; estás entre los segundos, no cabe duda.
Sales del departamento. La vecina del cuarto piso desamarra su bicicleta. Es delgada, ágil, casi una deportista, sino fuera por las cervezas que bebe los fines de semana. Te saluda con ancha sonrisa y desciende por las escaleras con las dos ruedas sobre su hombro, como si tal cosa. Abres la verja y la invitas a franquearla. Tan caballero, vecino, gracias, te dice, con voz ronca y aún promisoria.
Sientes deseos de caminar. El asma no despierta todavía. Caminas hacia
El tren llega al andén justo cuando desciendes las últimas gradas. Hay un espacio para ti, junto a
Te percatas que debieras haber descendido cuando el tren ha dejado la estación de Pudahuel. Te apeas en Barrancas y cambias de andén. El carro está repleto, pero empujas con fuerza y quedas apretado contra la puerta y con la presión de uno de los pasamanos en las costillas. Bueno, será apenas una estación, reflexionas. Sientes algo que hurga en el bolsillo izquierdo de tu pantalón; sí, es una mano cuyos dedos ya entraron en el cubículo de género… Recuerdas que llevas allí un billete de mil pesos, el único y necesario para comprar una fruta y un yogur. No puedes reaccionar; estás inmóvil e inerme. Bajas, llevado por el empuje de otros pasajeros. Te han robado. Poca cosa, pero suficiente.
En el paradero del micro, te detienes a contemplar las canchas de fútbol, los verdes álamos que la flanquean, los dos sauces y el agua color marrón que trina en
Ximena, la recepcionista, te saluda alegremente, con un beso que restalla en tu mejilla. Llegó el café, te dice, como dándote una feliz nueva. Y tengo galletas, agrega. Hasta Max Aub se hubiera sentido optimista en una mañana como hoy, reflexionas.
Avanzada la tarde, con las primeras sombras vespertinas, regresas a casa. Marisol te abre la puerta, pregunta cómo te fue y te besa con un beso dulce y tibio. Le cuentas tu jornada, le muestras este escrito, y ella te pregunta que por ningún motivo habrás pensado considerar su beso como parte de las pequeñas cosas del día… entonces, le respondes que ese premio acariciante es lo único que escapa al título del texto.
Edmundo
Enero 24,2012
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