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PEQUEÑAS COSAS por Edmundo Moure

PEQUEÑAS COSAS
 
                                      Lo único que me importa, Dios, es la poesía.
                                                                                                                 Max Aub
 
 
Canta un zorzal en la ventana del sueño. Despiertas. Pestañea el alba sobre las montañas azuladas. Te levantas de un brinco, según viejo hábito de medio siglo. Calzas primero el pie izquierdo (en tu caso, se trata de algo positivo). Orinas, largo […]

par : Redaccion.

PEQUEÑAS COSAS

 

                                      Lo único que me importa, Dios, es la poesía.

                                                                                                                 Max Aub

 

 

Canta un zorzal en la ventana del sueño. Despiertas. Pestañea el alba sobre las montañas azuladas. Te levantas de un brinco, según viejo hábito de medio siglo. Calzas primero el pie izquierdo (en tu caso, se trata de algo positivo). Orinas, largo y placentero, mientras agradeces estar vivo. Entras en la cocina. Hay café del bueno. Sacas una palta madura y una marraqueta blanda. Preparas tu desayuno y lo tomas en la mesa, mirando las hojas oscuras del jacarandá. El canto de los zorzales se vuelve gregario y hace un curioso contrapunto con el arrullo de las palomas.

 

 

Una ducha grata. Te vistes en el living con ropa veraniega. Nunca has padecido del prurito de vestir bien. Tu hermano Antonio dice que hay individuos que se visten y otros que se ponen ropa; estás entre los segundos, no cabe duda.

 

 

Sales del departamento. La vecina del cuarto piso desamarra su bicicleta. Es delgada, ágil, casi una deportista, sino fuera por las cervezas que bebe los fines de semana. Te saluda con ancha sonrisa y desciende por las escaleras con las dos ruedas sobre su hombro, como si tal cosa. Abres la verja y la invitas a franquearla. Tan caballero, vecino, gracias, te dice, con voz ronca y aún promisoria.

 

 

Sientes deseos de caminar. El asma no despierta todavía. Caminas hacia la estación Bilbao del Metro. Doce cuadras, serán. Poco para un caminante como tú, andador compulsivo que disfruta los pasos sobre la piel dura de las calles, mientras observas el entorno con la debida morosidad, para apreciarlo en sus detalles nimios.

 

 

El tren llega al andén justo cuando desciendes las últimas gradas. Hay un espacio para ti, junto a la puerta. Tres estaciones y el rápido trasbordo te facilita un asiento único. Sacas tus anteojos de leer y el Diario de Max Aub, libro que te regalaste en Navidad, como haces todos los años, en cariñoso gesto de egolatría: “Para Edmundito, de Edmundo”. Te parece bueno Aub, aunque no brillante. Directo, escueto, carece de la típica retórica española. Inteligente, escéptico y mordaz para analizar a su prójimo y descifrar el mundo. Herido, fragmentado por un exilio irremediable. Padre de hijos que poseen diversas nacionalidades. Él, nacido en Francia, hispano de patria y ciudadano de México, el país que mejor acogió a los exiliados republicanos… Extranjero irremediable, desde el nacimiento hasta la muerte.

 

 

Te percatas que debieras haber descendido cuando el tren ha dejado la estación de Pudahuel. Te apeas en Barrancas y cambias de andén. El carro está repleto, pero empujas con fuerza y quedas apretado contra la puerta y con la presión de uno de los pasamanos en las costillas. Bueno, será apenas una estación, reflexionas. Sientes algo que hurga en el bolsillo izquierdo de tu pantalón; sí, es una mano cuyos dedos ya entraron en el cubículo de género… Recuerdas que llevas allí un billete de mil pesos, el único y necesario para comprar una fruta y un yogur. No puedes reaccionar; estás inmóvil e inerme. Bajas, llevado por el empuje de otros pasajeros. Te han robado. Poca cosa, pero suficiente.

 

 

En el paradero del micro, te detienes a contemplar las canchas de fútbol, los verdes álamos que la flanquean, los dos sauces y el agua color marrón que trina en la acequia. Camino a la fábrica, se te acercan los tres canes que viven bajo los árboles de la industria Pancho Villa, donde fabrican tacos y nachos y otras especialidades de la comida mexicana. Les hablas, con esos sonidos guturales que te enseñó Atilio, el rústico campesino de Isla de Maipo que solía conversar con los animales. Los perros te saludan y agradecen los trozos de pan que les obsequias. Te acompañan durante unos metros, hasta el territorio de la perra ovejera, hembra fiera que no permite intrusos.

 

 

Ximena, la recepcionista, te saluda alegremente, con un beso que restalla en tu mejilla. Llegó el café, te dice, como dándote una feliz nueva. Y tengo galletas, agrega. Hasta Max Aub se hubiera sentido optimista en una mañana como hoy, reflexionas.

 

 

 

Avanzada la tarde, con las primeras sombras vespertinas, regresas a casa. Marisol te abre la puerta, pregunta cómo te fue y te besa con un beso dulce y tibio. Le cuentas tu jornada, le muestras este escrito, y ella te pregunta que por ningún motivo habrás pensado considerar su beso como parte de las pequeñas cosas del día… entonces, le respondes que ese premio acariciante es lo único que escapa al título del texto.

 

 

 

Edmundo

Enero 24,2012

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